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FORMACIÓN DEL COFRADE
FICHA - 3 - LOS SOLDADOS Y LOS DADOS
Estaban cumpliendo su obligación, pero se sentían aburridos. Los soldados sabían, por experiencias anteriores, que las crucifixiones eran largas, que los reos no acababan de morir, que la curiosidad de la gente se apagaba pronto y que luego a ellos les esperaban los bostezos y el aburrimiento. Cuatro horas al píe de la Cruz no dejaban de ser fatigosas. Y con los dados o con las tabas en los bolsillos trataban de distraer el tiempo. El juego comenzó con los vestidos: "Se sortearon la túnica de Jesús". No era una túnica nueva. Se la habían puesto para reírse de la realeza, que poco antes había confesado poseer. Pero servía para distraerse y matar el tiempo, que parecía estabilizarse. En la muerte de Jesús los soldados no vieron cosa distinta de lo que habían visto en otras crucifixiones. Algo, es verdad, les resultó raro. El reo no insultaba a nadie y pronunciaba palabras, que les resultaban ininteligibles: "Perdónales porque no saben lo que hacen", "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu", "Todo está concluido". Jesús para ellos era uno más de tantos ajusticiados. Incluso les pudo parecer extraña la importancia, que se estaba dando a su muerte. En otras ocasiones no habían venido tantos sacerdotes, ni tanto gentío. Con ellos no iba el asunto. Según costumbre, ellos eran mercenarios sirios, egipcios, o samaritanos, que no conocían la lengua hebrea y malchapurreaban el latín de los más entendidos. Solo sabían que el trabajo extra de una crucifixión aumentaba la jornada y solo aspiraban a que el trabajo acabara cuanto antes. Entre tanto, sacaron los dados, se alejaron un par de metros del crucificado para que no les salpicara la sangre y se dispusieron a matar la tarde. Parecían insensibles ante el dolor. La muerte de aquel hombre no era asunto de su responsabilidad. Los responsables eran otros. Ellos solo cumplían su deber. En el mundo siempre hay y ha habido más mediocres y dormidos que traidores y cobardes. Y peor, la experiencia nos enseña que, por cada hombre que mata y por cada hombre que lucha por evitar la muerte, hay siempre, al menos, mil hombres que vegetan, que no se enteran y que bostezan. Así sucedió con la muerte de Cristo. Sus mejores amigos se quedaron dormidos. Las muchedumbres, que un día antes le aclamaban, ahora le olvidan. Los mismos enemigos, que le llevan a la muerte, no acaban de entender porque le perseguían. Y podemos pensar que el mundo moderno se pudre por los terroristas, los asesinos y los opresores. Pero es posible que siga pudriéndose gracias a los dormidos y a los que se entretienen jugando a los dados como los soldados. Santiago González Capellán de la Hermandad
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