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FORMACIÓN DEL COFRADE
FICHA - 5 - LA SOLEDAD Y EL ENCUENTRO
La noche siempre es oscura, pero para María de Nazaret aquella noche parecía más oscura, porque la losa de la tumba en la que yacía su Hijo enterrado, había ocultado el rayo de luz, que en otros momentos brillaba radiante. Era noche, cuando su Hijo nació en una cueva, pero en los ojos del Niño brilló una luz, que alegraba la vida. Era noche, cuando, sin decir nada en casa, se quedó en el Templo, pero la sabiduría de aquel adolescente iluminaba la mente de los letrados. Era noche, cuando, cumpliendo la voluntad del Padre, abandonó el hogar para cruzar los caminos de su tierra, pero había luz en las palabras, que anunciaban el mensaje de vida, que encerraban. Era noche en el Calvario, cuando la tierra tembló y el terremoto descubrió las entrañas del abismo, pero aún estaba en los brazos de su madre, que le estrechaban amorosamente. Aquel sábado, sin embargo, la noche era más noche. Después de correr la losa del sepulcro de su Hijo Jesús, los ángeles, que en otro tiempo anunciaron su presencia, desaparecieron y en los oídos de la madre solo resonaban los latigazos de los verdugos, las carcajadas, las risas y las blasfemias de los que pasaban por el camino. Aquella noche el Calvario, más que en un pequeño montículo de Jerusalén, estaba en el seno de una madre. Las madres saben que sus hijos, aunque estén lejos del hogar, aunque caminen por tierras lejanas, aunque lloren o triunfen lejos del hogar, siguen estando presentes en el corazón de una madre. Pero no por eso la soledad deja de serlo. Aunque sea en sueños, las madres contemplan las luchas, los trabajos, las dificultades, que hacen penosos los caminos y en la calma nocturna reavivan el dolor de la soledad. Entonces, entre sueños, quieren aconsejar, orientar y acompañar a sus hijos y les parece que sus palabras no tienen eco. Solo queda esperar. La esperanza es la que, al terminar el día, correrá la losa del sepu7lcro y de nuevo brillará la luz. La esperanza de María disipó la noche oscura del sábado y apareció brillante ante sus ojos el cuerpo triunfante y glorioso de su Hijo. En la soledad brilló la luz. La muerte se hizo vida y el paso de la muerte a la vida fue su Pascua, la alegría de su alma. Aquella mujer, afligida por la soledad, en la mañana de Pascua contempló la luz que volvió a iluminar su vida. La Virgen de la Soledad y de los Dolores se vistió el manto de la alegría. Su Hijo no había muerto para siempre. En vida lo había dicho: "Al tercer día resucitaré". Y luego el ángel lo confirmó: "No busquéis entre los muertos al que vive". Buscadlo en la calle, a vuestro lado. Y, si lo buscáis, lo encontraréis acompañándoos en el camino, orientando vuestros pasos, dándoos ejemplo de vida. No lo busquéis en la tumba. Buscadlo vivo en la calle, en la oficina, en el lugar de trabajo. Es verdad que en algunos amaneceres aún domina la tiniebla y que la luz de la fe aún no tiene la fuerza necesaria para reconocerlo en el camino, como lo reconocieron los de Emaús. Pero el sepulcro no es el lugar de la espera. Hemos de buscarle en donde nos dijo que estaba: En el que sufre y necesita consuelo, en el hambriento y necesita pan, en el emigrante y necesita cobijo. Hemos de buscarlo entre los vivos. La Virgen María lo encontró fuera de la tumba y se vistió con el traje de la alegría. El Viernes Santo del luto y de la soledad se trocó el Domingo de Pascua, del gozo y de la alegría. Celebrar el encuentro de María con su Hijo resucitado en la mañana de Pascua es la invitación más apremiante que podemos recibir, para reavivar nuestra fe con la luz, que brilla en la mañana, y a caminar siempre iluminados por esa luz para descubrir, junto a nosotros, a Cristo vivo y resucitado en medio de la calle y de los hombres que transitan por ella. Santiago González Capellán de la Hermandad
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